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Llovían letras del cielo

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Llovían letras del cielo y nadie sabía por qué. Los paraguas se llenaban de palabras, los charcos formaban poemas. Clara, la niña silenciosa, abrió las manos y atrapó una frase: “Tu voz también importa.” Sonrió. Aquella lluvia no mojaba, despertaba. Con cada letra que caía, el aire se llenaba de pequeños susurros, como si el mundo le contara un secreto. Entonces, un rayo iluminó su rostro, y las letras siguieron cayendo, ahora con más fuerza. Despertaban en ella sentimientos que no conocía hasta entonces. Era un puente hacia la vida. Una vida nueva para explorar. Entendía que era su momento, su metamorfosis. De repente, Clara ya no era la niña silenciosa, sino una señorita llena de ideas y preguntas, con la voz despierta y los ojos brillando de curiosidad. Las letras la seguían, dibujando a su paso caminos de luz. Cada palabra que le caía cerca se volvía semilla en su interior, germinando historias, versos, respuestas. El mundo no había cambiado. Clara, sí. Y a veces, con eso basta. Clara caminaba entre palabras como quien atraviesa un bosque encantado. Algunas letras flotaban a su alrededor, curiosas, juguetonas. Otras se quedaban enredadas en su cabello, como queriendo quedarse con ella. Pronto descubrió que podía reunirlas y formar nuevas frases. Las decía en voz baja, y al pronunciarlas, cosas pequeñas y hermosas ocurrían: una flor se abría, una nube cambiaba de forma, una persona sonreía sin saber por qué. Las letras no solo despertaban en ella sentimientos, también despertaban el mundo. Así fue como Clara entendió que su don era ayudar. No con grandes discursos ni gestos heroicos, sino con palabras suaves, exactas, como llaves invisibles. Un día, en medio de la lluvia de letras, encontró a un niño sentado bajo un árbol, con la mirada perdida. No tenía paraguas, ni palabras. Clara se acercó despacio. Las letras evitaban al niño, como si no pudieran tocarlo. Fue entonces cuando comprendió su trabajo en toda aquella tormenta. Su deber era ayudar a todos aquellos a los que no les caían letras. Les enseñaba a recogerlas, a leerlas y a formar frases que les abrían caminos. Y así, letra a letra, le fue regalando las frases que ellos no podían ver, encendiendo poco a poco la chispa en su interior. Porque algunas personas no nacen sabiendo cómo escuchar a las letras del cielo… pero sí pueden aprender a sentirlas. Desde aquel día, Clara no dejó de caminar bajo la lluvia de letras. Cada persona que encontraba, cada mirada vacía, era una oportunidad para encender una chispa. No todos veían las letras, pero todos podían sentirlas si alguien les tendía la mano. Clara no era una heroína de cuentos, era solo una niña que aprendió a escuchar el cielo. Y a veces, con eso, basta para cambiar el mundo.
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chirescu manuela catalina. “Llovían letras del cielo .” Atelier, Poezie.ro, https://poezie.ro/atelier/chirescu-manuela-catalina/proza/14188904/llovian-letras-del-cielo

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