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Sobre la muerte de César Vallejo

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Mediu
1.
¿Moriste, Vallejo embravecido,
con el zapato de Artaud
como en la mano?
¿Se mezclaron las cenizas,
pálidas de incertidumbre,
que en la boca del espanto
se quebraran como panes?
¿Moriste, Vallejo, de muerte,
de suicidio natural respiratorio,
de la lija fúnebre
que socava con espinas los pulmones
con santos alaridos,
con siniestra calma deshumana?
¿Moriste de vida,
de vivir, Vallejo,
de sentarte en lo malsano
de la taza,
en la orilla errónea de la frente,
en la parte de la herida que se yerra,
en las escamas benéficas del sueño?
¿Te apagaste para prenderte?,
¿golpe de fuego en la nube?,
¿soldado que fuma sabiamente
su despojo, su cadáver ambulante,
con el temor del mundo en lo visible, Vallejo,
con la parte por el todo, con armellas
en lo visible, en los codos, en el abrazo?
¿Te dieron tu piedra de pan,
tu porción, Vallejo, de sangre?
¿Te inflamaron que te hundiste
entre tu carne, que hasta
te miraste con esa tristura
hecha de perro mojado
hasta las últimas estancias
del miedo, que te viste
en ese ojo extraño de leerte,
que gravitarorio te empeñaste
en los trabajos fatales de tu espina?
¿Te dieron lo acordado, Vallejo?
¿Te guardaron en un frasquito
el aliento final
para morirse de tu misma muerte?
¿O reencontraron muerto,
adherido finalmente a tu rotura
a tu estoica, fatal, respiración?
2.
Entonces,
terminaste tu proceso de vallejización,
tu vallejizamiento de cuerpo presente.
Vallejeaste ahíto, como los agónicos,
siempre sobre el nunca de lo soportable.
Pero naciste vallejizado como tú solamente;
ahí se acabó el cuento
y empezó el camino sobre la hoja.
De vallejizarte anduviste
con tu sombra a cuestas
y por el púlpito de tu alma, vaso de niebla,
a través y por debajo del súbito río
que escapaba deslizándose por tu frente alta,
por tu hueso amarillo pero franco,
por la escarpada, rotunda mole
de tu tristeza de cemento.
Por lo que se sabe, te entendías
con los hombres en un vallejo
medio descastado y como anacrónico
en un principio, más holgado y milimétrico
y esdrújulo conforme llegaba la precipitación.
Tu pesada calavera
poblada por un viento visible
con sabor a diccionario en ciernes,
o a caballo que no deja traza
por la rotura de su parlamento.
Vallejiste como se pudo, lo que se pudo,
por la sola cosa resistente
a los vocablos, la cosa
pero visible
que ven las ciegas manos de los muertos;
el problema es que callejeabas por acá todavía,
entre fronteras ruinosas,
entre el cerco de tu sitio
y la pared de tu antorcha grave.
Es que la esperanza no da nunca para tanto.
Ni dios mismo da nunca para tanto,
yo no sé.
La prueba de valor última que vallejiste,
fue la de no ahogarte
con tu cuerpo a cuestas
y callejear otro siglo por hora
sobre el nido de tigres
de tu frente valleja.
Habrás descifrado ya por último, al fin, para acabar,
el hondo gesto vallejístico
de tu estilo desesperado,
cordón de carne bajo el cajón del horizonte;
habrás muerto horizontal,
vallejeno a los hombres todos,
por eso mismamente tan cercano,
en un vallejueves de París con aguacero.
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Javier Raya. “Sobre la muerte de César Vallejo.” Atelier, Poezie.ro, https://poezie.ro/atelier/javier-raya/poezie/241249/sobre-la-muerte-de-cesar-vallejo

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